Muchos niños entre los dos y los cuatro años, cuando empieza a desarrollarse su habla y comienzan a formar frases largas, experimentan dificultades para hablar de forma fluida. Desgraciadamente existe todavía la idea errónea de que hay que esperar hasta la edad de cuatro años para intervenir, incluso hay pediatras y maestros que recomiendan esperar a los 6. La mayoría de los profesionales que se dedican a la intervención de la tartamudez, recalcan la evidencia clínica de intervenir cuando surge el problema. La intervención temprana ayuda a prevenir que el tartamudeo se establezca. Es en estos momentos cuando la intervención puede conseguir sus mayores éxitos.

Tanto estudios científicos como la práctica clínica indican que si los  padres reciben la orientación adecuada, se puede evitar que el problema se afiance. Con una adecuada intervención en el ambiente del niño, realizando las modificaciones necesarias, se puede favorecer la mejoría en la fluidez.

Por otro lado, el logopeda o especialista de lenguaje realiza una evaluación precisa para poder determinar si el tipo de errores que comete el niño corresponden a una disfluencia normal, típica de la edad, o si por el contrario aparecen síntomas correspondientes a una tartamudez temprana.

Esta evaluación nos ayuda a determinar la vulnerabilidad del niño a persistir en el tartamudeo, y así podremos determinar cómo realizar la intervención, ya que como hemos explicado en otros apartados, la intervención temprana es fundamental, pero varía en función de la gravedad del caso.

En un principio, la intervención a estas edades es preferible que sea indirecta, primero interviniendo en el ambiente del niño, orientando a  los padres sobre las conductas verbales y no verbales que ayudan a mejorar la fluidez y disminuir los atascos.

Con esta simple intervención, un porcentaje considerable de estos  niños consiguen mejorar su fluidez e incluso en algunos casos desaparecer los bloqueos por completo.

Si transcurrido un plazo de 2-4 semanas no se percibiera ninguna mejoría, seria el momento de comenzar una intervención indirecta, a través de los padres. Existen varios modelos de intervención, de los que existe evidencia de éxito terapéutico, como es el método Lidcombe. Pero insisto en que no es el único método que ha demostrado su eficacia, existen otros de intervención indirecta que en ocasiones pueden ser mas adecuados, según las características particulares del niño.